Cuentos completos
Cuentos completos Entró y puso la maleta en el portaequipajes y los dos faisanes encima de ésta. Después se sentó en el rincón. El tren atravesaba la llanura, y la niebla que entró al abrirse la puerta hacía parecer más grande el compartimento y separar a los cuatro ocupantes. Desde luego, M. M. (esas eran las iniciales en la valija) había pasado el fin de semana de cacería. Desde luego, pues ahora contaba la historia, sentada con la espalda apoyada en el respaldo del asiento en el rincón. No tenía los ojos cerrados, pero era claro que no veía al hombre sentado enfrente, tampoco la fotografía en color de York Minster. Seguramente oía lo que hablaban; pues sus labios se movían mientras observaba, y de vez en cuando sonreía. Era apuesta; una rosa; una manzana roja; con la piel bronceada; pero tenía una cicatriz en la mandíbula (que se agrandaba al sonreír). Por cómo contaba la historia, debía haber sido invitada del lugar, y sin embargo, con esa ropa tan pasada de moda, como la que usaban las mujeres hacía años en las fotografías de los periódicos de deportes, no parecía exactamente una invitada; tampoco una criada. De haber llevado consigo una canasta habría parecido una criadora de fox terriers; la dueña de un gato siamés; alguien relacionado con perros de caza y caballos. Pero sólo llevaba la maleta y los faisanes. De alguna manera entonces, se ganó la entrada en esa habitación que veía a través del aire viciado del vagón, y del hombre calvo, y de la fotografía de York Minster. Y seguramente oía lo que hablaban, pues, como alguien que imita el ruido que hace otra persona, hizo un pequeño chasquido detrás de la garganta. «Chk». Y sonrió. «Chk», dijo la señorita Antonia ajustándose las gafas sobre la nariz.