Cuentos completos
Cuentos completos El caracol consideraba ahora todas las formas posibles de llegar a su objetivo sin bordear la hoja seca ni treparla. Dejando de lado el esfuerzo necesario para hacer esto último, dudaba de si la delgada textura, que vibraba con ese alarmante crujido incluso al rozarla con la punta de sus antenas, soportaría su peso. Esto hizo que finalmente decidiera por arrastrarse por abajo, pues en un punto la hoja se curvaba lo suficiente como para darle lugar. Había metido ya la cabeza y observaba el techo marrón; comenzaba a acostumbrarse a la fresca luz allí abajo cuando dos personas pasaron. Esta vez eran los dos jóvenes, un varón y una mujer; ambos en los primeros años de la juventud, o incluso en la etapa previa a esos años; la etapa previa a que los suaves pliegues rosas de la flor desplieguen su capullo pegajoso, cuando las alas de la mariposa, aunque ya desarrolladas por completo, yacen inmóviles al sol.
—Por suerte no es viernes —observó él.
—¿Por qué lo dices? ¿Crees en la suerte?
—Debes pagar seis peniques los viernes.
—¿Qué son seis peniques de todos modos? ¿Acaso esto no lo vale?
—¿Qué es «esto»? ¿A qué te refieres con «esto»?
—Oh, a lo que sea, quiero decir, tú sabes a lo que me refiero.