Cuentos completos
Cuentos completos La señora Dalloway los presentó; «te encantará» le había dicho. La conversación empezó minutos antes de que alguien dijera algo, pues ambos, el señor Serle y la señorita Anning, miraron el cielo y en sus mentes éste derramaba su sentido de modo muy diferente, hasta que la presencia del señor Serle a su lado se volvió tan notoria para la señorita Anning que ya no pudo ver el cielo, solo, en sí mismo, sino apuntalado por el cuerpo alto, de ojos oscuros y cabello gris, de manos apretadas, y dura melancolía en el rostro (pero le habían dicho «falsa melancolía») de Roderick Serle; y sabiendo lo tonto que sonaría, sintió el impulso de decir:
—¡Qué noche más hermosa!
¡Qué tonta! Pero si uno no es tonto a los cuarenta, en presencia del cielo, que vuelve imbéciles a los más listos (meras briznas de paja)… Ella y el señor Serle, átomos, motas, de pie junto a la ventana de la señora Dalloway; y sus vidas, a los ojos de la luna, tan corta como la de un insecto y no más valiosa.
—¡Bueno! —dijo la señorita Anning palmeando el almohadón del sofá.
Él se sentó a su lado. ¿Era en verdad «falsa melancolía» como decían? Otra vez bajo el impulso del cielo, que parecía volverlo todo un poco inútil —lo que hacían, lo que decían— entró en otro lugar común: