Cuentos completos

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La señorita Anning sintió que había dado de repente con el hombre verdadero, sobre el que el falso señor Serle estaba construido. Bajo la influencia de la luna (la luna, que simbolizaba al hombre para ella; podía verla a través de un resquicio en la cortina, y daba sorbos de luna) era capaz de decir prácticamente cualquier cosa, y se propuso desenterrar al verdadero hombre que yacía bajo el falso, diciéndose a sí misma: «Vamos, Stanley, vamos», que era una consigna suya, una secreta expresión de aliento, o un azote de esos que los adultos suelen darse para castigarse por algún defecto empedernido. Su defecto era una deplorable timidez, o pereza tal vez, pues no era tanto la falta de coraje como de energía, especialmente al hablar con los hombres, que la asustaban bastante; y tan a menudo sus conversaciones declinaban hacia aburridos lugares comunes, y tenía tan pocos amigos hombres… Tenía muy pocos amigos muy cercanos, pensó, pero después de todo, ¿quería más? No. Tenía a Sarah, a Arthur, la casita, el perro y, desde luego, eso, pensó, hundiéndose, empapándose, aún estando sentada en el sofá junto al señor Serle. En eso, como si pensara en algo que haya recogido por allí, un racimo de milagros, algo que, seguramente, otras personas no podían tener (pues sólo ella tenía a Arthur, a Sarah, la casita y el perro); pero se sumergió otra vez en la satisfactoria posesión, pensando que con eso y con la luna (era música, la luna) podía darse el lujo de dejar a este hombre y su orgullo por los Serles enterrados. ¡No! Ese era el peligro. No podía hundirse en el aletargamiento, no a su edad. «Vamos, Stanley, vamos», se dijo y le preguntó:


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