Cuentos completos
Cuentos completos Salimos entonces, algunas hacia el British Museum; otras hacia King’s Navy; otras a Oxford; otras a Cambridge. Visitamos la Royal Academy y la Tate Gallery; escuchamos música moderna en salas de concierto; fuimos a los tribunales y vimos las nuevas obras de teatro. Ninguna salía a cenar sin antes hacer determinadas preguntas a su compañero y tomar nota cuidadosamente de las respuestas. De vez en cuando nos reuníamos y comparábamos nuestras observaciones. ¡Oh, qué divertidas eran esas reuniones! Nunca he reído tanto como cuando Rose leyó sus notas acerca de «El honor», y contó sobre la vez en que se disfrazó de príncipe etíope y se subió a uno de los barcos de Su Majestad. Al descubrir el engaño, el capitán fue a buscarla (ahora disfrazada de caballero) y exigió que el honor fuera salvado. «¿Pero cómo?», preguntó ella. «¿Cómo?», exclamó él, «¡Con la vara desde luego!». Viéndolo lleno de rabia y creyendo que había llegado su hora, se volvió y, para su sorpresa, recibió seis golpecitos en la cola. «¡El honor de la Armada Británica ha sido salvado!», exclamó el capitán. Ella se incorporó y lo miró; vio cómo le caía el sudor de la frente y le temblaba la mano derecha. «¡Aléjese de mí!», exclamó adoptando la pose del capitán y la furia de su expresión, «¡mi honor aún está por salvarse!». «¡Habla como un caballero!», dijo él y se detuvo a pensar. «Si seis golpes vengan el honor de la Armada Real», musitó, «¿cuántos vengan el de un caballero común?». Dijo que prefería dejar el caso en manos de sus hermanos oficiales. Ella contestó con arrogancia que no podía esperar. Él elogió su orgullo. «Veamos», dijo de repente, «¿su padre tenía coche propio?». «No», contestó ella. «¿Y caballo?». «Teníamos un burro que usábamos para arrastrar la máquina de cortar». Ante esto el rostro de él se iluminó. «Mi madre se llamaba…», agregó ella. «¡Por el amor de Dios, hombre, no mencione el nombre de su madre!», chilló él, temblando como un álamo y enrojeciéndose por completo. Pasaron al menos diez minutos hasta que logró hacerlo continuar. Finalmente, el capitán decidió que si ella le daba cuatro golpes y medio en el punto que él le indicara (el medio concedido, dijo, en reconocimiento de que el tío de la bisabuela de ella había muerto en Trafalgar), en su opinión, el honor de ambos estaría salvado. Hecho esto, fueron a un restaurante; tomaron dos botellas de vino que él insistió en pagar y se marcharon prometiéndose amistad eterna.