Cuentos completos

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Se detuvo.

—Recuerdo a una tía que vivía en Dulwich y cultivaba cactus. Llegabas al jardín de invierno por la sala de estar, y allí, sobre los tubos calientes, había cientos. Feos, apelotonados, llenos de espinas, cada uno en su maceta. El aloe florece cada cien años, así decía mi tía. Pero murió antes de que eso pasara.

Le dijimos que fuera al punto.

—Bueno —resumió—, cuando el Profesor Hobkin salía, me ponía a hurgar en el trabajo al que le dedicaba su vida, una edición de Safo. Es un libro de aspecto extraño, de aproximadamente quince centímetros de espesor, no todo de Safo, oh no. Se trata, en su mayor parte, de una defensa a la castidad de Safo que algún alemán había negado; y les aseguro que la pasión con la que estos dos caballeros discutían, la sabiduría que desplegaban, la prodigiosa ingenuidad con la que deliberaban acerca del uso de un instrumento que para mí se veía ni más ni menos que como una horquilla, me dejó atónita. En especial cuando la puerta se abrió y el mismísimo Profesor Hobkin entró. Un anciano afable y agradable, ¿pero qué puede saber él sobre castidad?

No la entendimos.

—No, no —protestó—, él es el honor en persona, estoy segura. No se parece al capitán de Rose en absoluto. Estaba pensando más bien en los cactus de mi tía. ¿Qué pueden saber sobre castidad?


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