Cuentos completos

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Entonces, las que habían salido a cenar sacaron los papeles donde tenían escritas las respuestas a sus preguntas, elaboradas éstas con sumo cuidado. Un buen hombre, habíamos acordado, debe ser en todo momento honesto, apasionado y poco materialista. Pero si un hombre contaba o no con esas cualidades sólo era posible de averiguar con preguntas, en ocasiones comenzando con alguna muy alejada del punto. ¿Kensington es un lindo lugar para vivir? ¿A qué escuela va su hijo? ¿Y su hija? Ahora dígame. ¿Cuánto paga por sus cigarrillos? Por cierto, ¿el Sir Joseph es barón o sólo caballero? A veces parecía que aprendíamos más de este tipo de preguntas que de las más directas. «Acepté mi título porque mi esposa me lo pidió», dijo Lord Bukum. He perdido la cuenta de todos los que han aceptado sus títulos por la misma razón. «Trabajando quince de las veinticuatro horas del día, tal como yo», miles de profesionales comenzaron así. «No, no, desde luego usted no sabe leer ni escribir. ¿Pero por qué trabaja tanto?». «Querida señora, con una familia en crecimiento». «¿Pero por qué crece su familia?». Sus esposas deseaban lo mismo, o quizás era el Imperio británico. Pero más importante que las respuestas era la negativa a responder las preguntas. Muy pocos respondían todas las preguntas acerca de moral y religión, y las respuestas en esos casos no eran serias. En prácticamente todos los casos evitaban responder acerca del valor del dinero y el poder; y forzarlos a responder podía resultar peligroso para ellas.


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