El lector comun
El lector comun Cuando pensamos en cuántos millones de palabras se han escrito e impreso en Inglaterra en los pasados trescientos años, y cómo en su vasta mayoría se han extinguido sin dejar ni rastro, resulta tentador preguntarse qué cualidad poseen las palabras de Donne para que hoy día aún sigamos oyéndolas con claridad. Lejos de nuestra intención insinuar acaso en este año de celebración y adulación excusable (1931) que los poemas de Donne sean una lectura popular o que descubramos a la mecanógrafa, si miramos por encima de su hombro en el metro, leyendo a Donne al regresar de su oficina. Pero se lo lee; es audible —como testifican nuevas ediciones y frecuentes artículos— y quizá merece la pena intentar analizar el significado que tiene su voz para nosotros cuando alcanza el oído tras su largo vuelo a través de los mares tormentosos que nos separan de la era de Isabel. Pero la primera cualidad que nos atrae no es su significado, por más colmada de significado que esté su poesía, sino algo mucho más puro y cercano; es la explosión con la cual prorrumpe en palabras. Todo prefacio, todo parlamento ha sido arrasado; él se lanza a la poesía por el camino más corto. Una frase consume toda preparación:
Suspiro por hablar con el espectro de algún antiguo amante,[30]
Está loco de atar aquel que dice
que en él nació el amor hace una hora.[31]
