El lector comun

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que había rendido lealtad a tantos grandes príncipes, al cuerpo, al rey, a la Iglesia de Inglaterra, para alcanzar ese estado de plenitud y certeza que los poetas de vida más pura fueron capaces de mantener. Sus devociones en sí eran febriles y discontinuas: «mis raptos devotos vienen y van como una fiebre fantástica».[59] Están repletas de contrarios y agonías. Igual que su poesía amatoria en su punto más sensual de pronto dejará al descubierto el deseo de una unidad trascendente «más allá del Él y Ella», y sus cartas más reverentes a grandes damas repentinamente se convertirán en poemas de amor remitidos por un hombre prendado a una mujer de carne y hueso, así estos últimos poemas divinos son poemas de escalada y caída, de clamores y solemnidades incongruentes, como si la puerta de la iglesia se abriera al bullicio de la calle. Quizá por eso aún suscitan interés y disgusto, desprecio y admiración. Pues el deán aún conservaba la curiosidad incorregible de su juventud. La tentación de decir la verdad desafiando al mundo, incluso cuando había tomado todo lo que el mundo tenía que dar, aún era intensa en él. Un interés obstinado por la naturaleza de sus propias sensaciones todavía turbaba su edad y rompía su reposo como había turbado su juventud y le había convertido en el más enérgico de los autores satíricos y el más apasionado de los amantes. No había descanso, fin ni solución, ni siquiera en la cúspide de la fama y al borde de la tumba, para una naturaleza de trenzados ramales tan diversos entre sí. Las famosas preparaciones que llevó a cabo, yacer en su mortaja y ser esculpido para su tumba cuando sintió la muerte aproximarse, son polos opuestos del quedarse dormidos de cansados y satisfechos. Debía aún tallar una figura y permanecer erguido —una advertencia quizá, un augurio sin duda—, pero siempre consciente y conspicuamente él mismo. Esa, finalmente, es una de las razones por las que todavía buscamos a Donne; por las que, después de más de trescientos años, aún oímos el sonido de su voz a través de los tiempos con tanta claridad. Puede que sea verdad que cuando de pura curiosidad llegamos a cortar en pedazos y «contemplar cada parte», somos como los doctores y «no sabemos por qué»;[60] no somos capaces de ver cuántas cualidades diferentes se congregan en un solo hombre. Pero únicamente tenemos que leerlo, que someternos al sonido de esa voz apasionada y penetrante, y su figura se alza de nuevo a través del yermo de los años más erguido, más imperioso, más inescrutable que nadie de su tiempo. Incluso los elementos parecen haber respetado esa identidad. Cuando el fuego de Londres destruyó casi todos los demás monumentos en San Pablo, dejó la figura de Donne intacta, como si las llamas mismas encontraran ese nudo demasiado difícil de deshacer, ese acertijo demasiado difícil de resolver y esa figura demasiado ella misma para convertirse en común arcilla.


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