El lector comun

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«Aurora Leigh»

Por una de esas ironías de la moda que habría hecho reír a los mismos Browning, parece probable que sean ahora mucho mejor conocidos como seres de carne y hueso de lo que lo hayan sido nunca en espíritu. Enamorados apasionados, con rizos y patillas, oprimidos, desafiantes, fugándose para casarse… de esta guisa es como miles de personas que nunca han leído un verso de su poesía seguramente conocen y aman a los Browning. Se han convertido en dos de las figuras más llamativas de esa compañía brillante y animada de autores que, gracias a nuestro hábito moderno de escribir memorias, imprimir cartas y posar para ser fotografiado, son de carne y hueso y no viven simplemente, como antaño, en la palabra; son conocidos por sus sombreros, no simplemente por sus poemas. Están por calcular aún los daños que el arte de la fotografía ha infligido al arte de la literatura. Hasta qué punto vamos a leer a un poeta cuando podemos leer sobre un poeta es un problema que debe plantearse a los biógrafos. Mientras tanto, nadie puede negar el poder de los Browning para despertar nuestras simpatías y suscitar nuestro interés. «El cortejo de lady Geraldine» quizá la vean dos profesores en universidades americanas cada año; pero todos sabemos cómo la señorita Barrett se reclinaba en su sofá; cómo se escapó de la casa oscura en Wimpole Street una mañana de septiembre; cómo conoció la salud y la felicidad, la libertad y a Robert Browning en la iglesia a la vuelta de la esquina.


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