El lector comun

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«Yo soy Christina Rossetti»

El 5 de diciembre próximo[*] Christina Rossetti celebrará su centenario, o, para ser más exactos, lo celebraremos por ella, y quizá no poco a su pesar, pues fue una mujer de lo más tímida, y que hablaran de ella, como nosotros desde luego vamos a hacer, le habría causado un agudo malestar. Sin embargo, es inevitable; los centenarios son inexorables; debemos hablar de ella. Leeremos su vida; leeremos sus cartas; estudiaremos sus retratos, especularemos sobre sus enfermedades —de las que padeció una amplia variedad—; y revolveremos los cajones de su escritorio, que están vacíos en su mayoría. Comencemos con la biografía, pues ¿qué podría ser más entretenido? Como todo el mundo sabe, la fascinación de leer biografías es irresistible. Tan pronto hemos abierto las páginas del cuidado y competente libro de la señorita Sandars (Life of Christina Rossetti, por Mary F. Sandars [Hutchinson]) nos sobreviene la vieja ilusión. Aquí están el pasado y todos su habitantes, milagrosamente sellados como en un tanque mágico; todo lo que tenemos que hacer es mirar y escuchar y mirar y mirar, y pronto las figuritas —porque no están a tamaño natural— comenzarán a moverse y hablar, y mientras se mueven las dispondremos según toda clase de pautas que ellas desconocían, pues en vida creyeron que podían ir a donde quisieran; y mientras hablan encontraremos en sus dichos toda clase de significados que nunca se les ocurrieron, ya que en vida creyeron que decían sin rodeos todo lo que se les venía a la cabeza. Pero una vez se está en una biografía, todo es diferente.


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