El lector comun
El lector comun Asà pues, si en Sófocles la obra se concentra en las figuras mismas, y en EurÃpides se la ha de recuperar de entre fulgores de poesÃa y preguntas remotas y sin contestar, Esquilo hace que estas pequeñas obras (Agamenón tiene 1663 versos; Lear alrededor de 2600) sean tremendas al tensar cada frase al máximo, al enviarlas flotando en metáforas, al ordenarles que se eleven y caminen solemnes, sin ojos y majestuosas por la escena. Para comprenderlo no es tan necesario entender el griego como entender la poesÃa. Es necesario dar, sin el apoyo de las palabras, ese peligroso salto por los aires, lo cual también nos pide Shakespeare. Pues las palabras, cuando se contraponen a semejante explosión de significado, deben dejar de funcionar, deben desvanecerse, y sólo agrupándose transmiten el significado que a cada una le cuesta tanto expresar por separado. Al conectarlas con rapidez en la mente sabemos, de manera instantánea e instintiva, lo que significan, pero no podrÃamos decantar ese significado de nuevo en otras palabras. Hay una ambigüedad que es la marca de la más alta poesÃa; no podemos saber exactamente lo que significa. Veamos este verso de Agamenón, por ejemplo:
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