El lector comun
El lector comun Cuando decimos que la muerte de Thomas Hardy deja la narrativa inglesa sin un líder, queremos decir que no hay otro escritor cuya supremacía sea generalmente aceptada, nadie a quien parezca tan apropiado y natural rendirle homenaje. Nadie por supuesto lo reclamó menos. El anciano sencillo y poco mundano se habría sentido dolorosamente avergonzado por la retórica que florece en ocasiones como esta. Sin embargo es la pura verdad decir que mientras vivió hubo un novelista que, en toda circunstancia, hizo que el arte de la literatura pareciera una vocación honorable; mientras Hardy vivió no hubo excusas para pensar mal del arte que practicaba. Y tampoco fue esto únicamente resultado de su genio singular. Algo brotó de su carácter en su modestia e integridad, de su vida, llevada con sencillez en Dorsetshire sin egoísmo ni autobombo. Por ambas razones, por su genio y por la dignidad con la que empleó su don, resultaba imposible no rendirle tributo al artista y sentir respeto y afecto por el hombre. Pero es de la obra de lo que debemos hablar, de las novelas, que fueron escritas hace ya tanto que parecen tan distanciadas de la ficción del momento como el mismo Hardy se encontraba alejado de la agitación del presente y su insignificancia.
