El lector comun
El lector comun «Sólo tenemos que comparar», con esas palabras se descubre el pastel, y queda admitida la verdadera complejidad de la lectura. El primer proceso, el de recibir impresiones con el máximo entendimiento, es sólo la mitad del proceso de leer; otro debe completarlo si queremos obtener el mayor placer de un libro. Debemos juzgar estas impresiones múltiples; debemos hacer de estas formas efÃmeras una que sea recia y duradera. Pero no de inmediato. Esperemos a que el polvo de la lectura se asiente; a que el conflicto y los interrogantes amainen; paseemos, conversemos, arranquemos los pétalos marchitos de una rosa o quedémonos dormidos. Entonces, de repente, sin que lo queramos, porque es asà como la naturaleza efectúa estas transiciones, el libro volverá, pero de modo diferente. Irá flotando por el aire hasta la mente como un todo. Y el libro como un todo es diferente del libro recibido comúnmente en frases separadas. Los detalles ahora encajan en su sitio. Vemos la forma de principio a fin; es un cobertizo, una pocilga o una catedral. Ahora, pues, podemos comparar un libro con otro, igual que comparamos un edificio con otro. Pero el hecho de compararlos significa que nuestra actitud ha cambiado; ya no somos los amigos del escritor, sino sus jueces; y lo mismo que no podemos ser demasiado compasivos como amigos, tampoco podemos como jueces ser demasiado severos. ¿No son acaso criminales unos libros que han dilapidado nuestro tiempo y nuestras simpatÃas?; ¿no son los más insidiosos enemigos de la sociedad, corruptores, ultrajadores, los escritores de libros falsos, libros impostores, libros que llenan el aire de decadencia y enfermedad? Seamos, pues, severos en nuestros juicios; comparemos cada libro con el más grande de su especie. Ahà están suspendidas en la mente las formas de los libros que hemos leÃdo, solidificadas por los juicios que hemos vertido sobre ellos: Robinson Crusoe, Emma, El regreso del nativo. Comparemos esas novelas con estas —incluso la última y menor de las novelas tiene derecho a ser juzgada con las mejores. E igual con la poesÃa— cuando la intoxicación del ritmo haya pasado y el esplendor de las palabras se haya desvanecido, una forma visionaria volverá a nosotros, y hemos de compararla con Lear, con Fedra, con El preludio; o si no con estos, con cualquiera que sea el mejor o nos parezca lo mejor de su clase. Y podemos estar seguros de que lo novedoso de la nueva poesÃa y la ficción es su cualidad más superficial, y que sólo tenemos que alterar ligeramente, no remodelarlos, los patrones por los que hemos juzgado las antiguas.