El lector comun

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Las defensoras de los derechos de las mujeres no estarían dispuestas, quizá, a proclamar a Moll Flanders y a Roxana entre sus santas patronas; y sin embargo queda claro que Defoe no sólo tenía la intención de que expusieran algunas doctrinas muy modernas sobre ese asunto, sino que las colocó en circunstancias en las que sus peculiares apuros se mostraran de manera que suscitasen nuestra compasión. Coraje, decía Moll Flanders, era lo que necesitaban las mujeres, y la capacidad de «mantenerse firmes»; y al punto hacía una demostración práctica de los beneficios que se obtendrían. Roxana, una dama de la misma convicción, da razones con mayor sutileza en contra de la esclavitud del matrimonio. Ella «había iniciado algo nuevo en el mundo —le dijo el comerciante—; era un modo de razonar contrario a la práctica común». Pero Defoe es el último escritor culpable de predicar con llaneza. Roxana mantiene nuestra atención porque es felizmente inconsciente de ser, en ningún buen sentido, un ejemplo para su sexo y por ello tiene libertad para reconocer que parte de su razonamiento es «de un tono elevado que era del todo ajeno a mis pensamientos al principio». El conocimiento de sus propias debilidades y el cuestionamiento honesto de sus motivos, que ese conocimiento genera, tienen el feliz resultado de mantenerla sana y humana, cuando los mártires y pioneros de tantas novelas que narran dificultades se han encogido y resecado hasta quedarse en las apoyaturas y puntales de sus credos respectivos.


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