El lector comun
El lector comun De ahí que nuestro conocimiento de Jane Austen proceda de unos cuantos chismes, unas pocas cartas y sus libros. En cuanto a las habladurías, nunca son de despreciar aquellas que han sobrevivido a su tiempo; reajustándolas un poco, se adaptan a nuestro propósito admirablemente. Por ejemplo, Jane «no es en absoluto bonita y muy remilgada, a diferencia de una niña de doce años … Jane es caprichosa y afectada», dice la pequeña Philadelphia Austen de su prima. Después tenemos a la señora Mitford, que conoció a las Austen de niñas y Jane le pareció «la mariposa cazamaridos más bonita, boba y afectada que pudiera recordar». A continuación está la amiga anónima de la señorita Mitford, «que suele ir a visitarla ahora [y] dice que se ha fortalecido como la muestra de “bendición soltera” más recta, meticulosa y taciturna que nunca haya existido, y que, hasta que Orgullo y prejuicio no mostró la piedra preciosa que estaba oculta en ese estuche rígido, no había recibido mayor estima social que un atizador o una pantalla de chimenea … El caso es muy diferente ahora —continúa la buena señora—; aún es un atizador (pero un atizador al que todos temen) … ¡Una ingeniosa de la palabra, una delineadora del carácter que no habla es verdaderamente aterradora!». Al otro lado, por supuesto, están los Austen, una raza poco dada a su propio panegírico, pero, sin embargo, dicen ellos, sus hermanos «le tenían mucho cariño y estaban muy orgullosos. Le tenían mucho cariño por su talento, sus virtudes y sus modales agradables, y a todos les encantó después imaginar en alguna sobrina o hija suya un parecido con la querida hermana Jane, cuya perfecta igual, no obstante, nunca esperaron ver». Encantadora, pero recta, querida en casa, pero temida por extraños, de lengua mordaz, pero tierna de corazón —estos contrastes no son en manera alguna incompatibles, y cuando vayamos a las novelas nos encontraremos con que allí también tropezamos con las mismas complejidades en la escritora.