El lector comun
El lector comun Al llevar a cabo cualquier estudio, incluso el más libre y relajado, de la narrativa moderna, resulta difÃcil no dar por descontado que la práctica moderna del arte es de algún modo superior a la antigua. Con sus herramientas sencillas y materiales primitivos, podrÃa decirse que Fielding lo hizo bien y Jane Austen aún mejor, pero ¡comparemos sus oportunidades con las nuestras! Sus obras maestras tienen sin duda un extraño aire de simplicidad. Y aun asà la analogÃa entre la literatura y el proceso, por poner un ejemplo, de fabricación de motores de coches apenas es válida más allá de la primera ojeada. No es seguro que en el transcurso de los siglos, aunque hemos aprendido mucho sobre hacer coches, hayamos aprendido algo sobre hacer literatura. No llegamos a escribir mejor; todo lo que se puede decir que hacemos es seguir moviéndonos, ahora un poco en esta dirección, ahora en esa otra, pero con una tendencia circular si pudiera verse el recorrido completo del camino desde un pináculo lo suficientemente alto. De más está decir que no afirmamos estar, ni siquiera momentáneamente, sobre ese terreno ventajoso. En el llano, entre la multitud, medio cegados por el polvo, echamos la vista atrás con envidia a esos guerreros más dichosos, cuya batalla está ganada y cuyos logros conservan un aire de éxito tan sereno que difÃcilmente podemos abstenernos de susurrar que la lucha no fue tan feroz para ellos como lo es para nosotros. El historiador literario es quien debe decidir; decir si estamos comenzando, acabando o en la mitad de una gran época de la narrativa en prosa, porque abajo en la llanura poco es visible. Únicamente sabemos que nos inspiran determinadas gratitudes y hostilidades; que determinados senderos parecen conducir a tierra fértil, otros al polvo y al desierto; y esto quizá merezca la pena tratar de explicarlo.
