El lector comun
El lector comun Hemos de admitir que somos exigentes y, además, que encontramos difícil justificar nuestro descontento explicando qué es lo que exigimos. Formulamos nuestra pregunta de modo distinto en diferentes momentos. Pero reaparece una y otra vez cuando soltamos en lo más hondo de un suspiro la novela que acabamos de terminar. ¿Merece la pena? ¿Qué sentido tiene todo? ¿Puede ser que, debido a una de esas pequeñas fluctuaciones que el espíritu humano parece sufrir de vez en cuando, el señor Bennett haya aterrizado con su magnífico mecanismo para atrapar la vida, justo por centímetros, en el lado equivocado? La vida huye; y acaso sin la vida nada más merece la pena. Supone una confesión de vaguedad tener que hacer uso de una figura como esta, pero apenas mejoramos las cosas hablando de la realidad, como son proclives a hacer los críticos. Admitiendo la imprecisión de que adolece toda crítica novelística, aventuremos la opinión de que, para nosotros en este momento, la forma de ficción más en boga yerra, con mayor frecuencia que logra, lo que estamos buscando. Ya lo llamemos vida o espíritu, verdad o realidad, esto, lo esencial, se ha puesto en marcha, o ha avanzado, y se niega a continuar dentro de unas vestiduras de tan mala hechura como las que le facilitamos. No obstante, seguimos adelante con perseverancia, concienzudamente, construyendo nuestros treinta y dos capítulos de acuerdo con una idea que cada vez más deja de parecerse a la imagen formada en nuestras mentes. Una gran parte de la enorme labor de comprobar la solidez y la semejanza de la historia con la vida no es simplemente una labor desperdiciada, sino una labor fuera de lugar hasta el punto de oscurecer y tapar la luz de la concepción original. El escritor parece constreñido no por su libre albedrío, sino por algún tirano poderoso y sin escrúpulos que lo tiene cautivo para que ofrezca una trama, humor, tragedia, el componente romántico y un aire de verosimilitud que embalsama el conjunto tan impecablemente que si todas sus figuras cobraran vida, se encontrarían vestidas hasta el último botón de sus abrigos a la moda del momento. Se obedece al tirano; la novela se hace a la perfección. Pero a veces, cada vez con mayor frecuencia a medida que pasa el tiempo, sospechamos que hay una duda momentánea, un arrebato de rebeldía mientras las páginas se llenan como de costumbre. ¿Es así la vida? ¿Deben ser así las novelas?