El lector comun
El lector comun En efecto, no se puede eludir la convicción de que el rostro tosco y alargado, con su seria expresión de autoridad huraña y casi equina, ha dejado su impronta deprimente en las mentes de aquellos que recuerdan a George Eliot de tal manera que parece observarlos desde sus páginas. El señor Gosse la ha descrito recientemente tal y como la vio paseando por Londres en una victoria:
una sibila corpulenta, distraída e inmóvil, cuyos rasgos enormes, algo siniestros vistos de perfil, estaban incongruentemente ribeteados por un sombrero, siempre a la última moda de París, que en aquellos días incluía por lo común una pluma de avestruz inmensa.
Lady Ritchie, con igual destreza, ha dejado un retrato interior más íntimo:
Se sentaba cerca del fuego ataviada con un hermoso vestido de satén negro, con una lámpara verde con pantalla en la mesa a su lado, donde vi libros alemanes, panfletos y cortapapeles de marfil. Era muy reservada y noble, con dos ojitos fijos y una voz dulce. Al verla la consideré una amiga, no exactamente una amiga íntima, sino un impulso bondadoso y benévolo.