El lector comun
El lector comun Al principio, el lastre del pesimismo parece suficiente para aplastar toda oposición. Sí, es una época enjuta, repetimos, con mucho para justificar su pobreza; pero francamente, si contrastamos un siglo con otro, la comparación parece ir abrumadoramente en nuestra contra. Waverley, La excursión, Kubla Khan, Don Juan, los Ensayos de Hazlitt, Orgullo y prejuicio, Hiperión y Prometeo liberado se publicaron entre 1800 y 1821. Nuestro siglo no ha carecido de laboriosidad; pero si pedimos obras maestras, da la impresión de que aparentemente los pesimistas tienen razón. Es como si a una época de genio tuviera que sucederle una época de esfuerzo; al derroche y la extravagancia, la pulcritud y el trabajo duro. Todo el honor, por supuesto, para aquellos que han sacrificado su inmortalidad para poner la casa en orden. Pero si pedimos obras maestras, ¿dónde hemos de buscarlas? Algo de poesía, podemos estar seguros, sobrevivirá; unos cuantos poemas del señor Yeats, del señor Davies, del señor De la Mare. El señor Lawrence, por supuesto, tiene momentos de grandeza, pero horas de algo muy diferente. El señor Beerbohm, a su manera, es perfecto, pero como manera no es gran cosa. Hay pasajes en Allá lejos y tiempo atrás que indudablemente pasarán enteros a la posteridad. Ulises fue una catástrofe memorable —inmenso en su audacia, terrible en su desastre. Y así, escogiendo y eligiendo, seleccionamos ahora esto, ahora aquello, lo mostramos en alto, oímos cómo lo defienden y ridiculizan, y finalmente tenemos que hacer frente a la objeción de que, incluso así, sólo coincidimos con los críticos en que esta es una época incapaz de un esfuerzo sostenido, plagada de fragmentos y a la que no se puede comparar en serio con la época que la precedió.