El viejo Bloomsbury y otros ensayos

El viejo Bloomsbury y otros ensayos

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Como la lista de cualidades y gracias de esta sazonada pecadora de ninguna manera se ha agotado, bien podemos comprender que la vendedora de manzanas de Borrow, en el puente de Londres, la llamara "bendita Mary" y valorara su libro por encima de todas las manzanas de su puesto; y que Borrow, llevándose el libro a lo más retirado del local, leyera hasta que le dolían los ojos. Pero nos detenemos en estas señales de carácter sólo como base para probar que el creador de Moll Flanders no era, como se le ha acusado de ser, un mero periodista y un anotador de hechos, sin concepción alguna sobre la naturaleza de la psicología. Cierto que sus personajes adquieren forma y substancia por voluntad propia, como a pesar del autor y no del todo a gusto de éste, quien nunca se detiene en o subraya ningún punto de sutileza o de emoción, sino que sigue adelante imperturbablemente, como si brotaran sin él tener conocimiento. Un toque de imaginación, como aquel cuando el Príncipe se sienta junto a la cuna de su hijo y Roxana observa cómo "disfrutaba mirarlo mientras dormía", parece significar mucho más para nosotros que para él. Después de esa disertación curiosamente moderna sobre la necesidad de comunicar asuntos de importancia a una segunda persona para no hablar de ellos en nuestros sueños, como le ocurre al ladrón de Newgate, se disculpa por la digresión. Parece haber absorbido a los personajes en su mente con tal profundidad, que los vive sin saber con certeza cómo; y, como todo artista inconsciente, deja en su obra más oro del que pudo llevar a la superficie su propia generación.


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