El viejo Bloomsbury y otros ensayos

El viejo Bloomsbury y otros ensayos

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Nadie negará que "Ese lugarcito amable" comienza admirablemente. Sin pérdida de palabra alguna nos encontramos de inmediato en el núcleo de la situación. La hostigada celebridad, George Dane, está rodeada de cartas sin abrir y libros sin leer; llegan telegramas; se acumulan invitaciones y todo lo valioso queda enterrado sin remedio bajo el cúmulo de escombros. Mientras tanto Brown, el mayordomo, anuncia que un joven desconocido ha llegado para el desayuno. Dane toca la mano del joven y, en este punto de incomodidad suprema, cae en un trance y despierta en otro mundo. Se encuentra en un establecimiento de cura y descanso celestial. Suenan campanas a lo lejos, hay flores fragantes y, al cabo de un tiempo, la vida interna revive. Pero en cuanto se cumple el cambio percibimos que algo va mal con la historia. El movimiento flaquea, la emoción es monótona. El encantador mueve su varita mágica y las vacas siguen pastando. Allí están aguardando todas las frases características -los tazones de plata, las horas fundidas-, pero no hay función a la cual dedicarlas. La historia disminuye hasta volverse un soliloquio dulce. Dane y los Hermanos se transforman en figuras alegóricas angélicas, que se mueven por un mundo igual al nuestro pero más plácido y vacío. Como si sintiera la necesidad de algo duro y objetivo, el autor invoca el nombre de la ciudad de Bradford, pero es en vano. "Ese lugarcito amable" ejemplifica el empleo sentimental de lo sobrenatural y sin duda por esa razón Henry James habrá sentido que estuvo íntimo y expresivo como nunca.


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