El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos Cuando me recuperé de la enfermedad que, no es de extrañar, fue resultado de todas esas emociones y complicaciones, ya no existía el 22 de Hyde Park Gate. Mientras yacía postrada, en casa de los Dickinson en Welwyn, pensando que las aves cantaban coros griegos y que el rey Eduardo utilizaba el lenguaje más sucio posible entre las azaleas de Ozzie Dickinson, Vanessa había cerrado Hyde Park Gate de una vez y para siempre. Había vendido, había quemado, había clasificado, había roto. A veces creo que de hecho tuvo que traer hombres con mazos para el derribo, así de fundidos entre sí estaban paredes y gabinetes. Pero ahora todos los cuartos aparecían vacíos. Furgones de mudanza se habían llevado todas las pertenencias. Porque no sólo el moblaje estaba disperso. También se había separado la familia, que pareció igualmente fundida en un todo. George había casado con Lady Margaret. Gerald había conseguido un piso de soltero en Berkeley Street. Laura había sido encarcelada finalmente en un asilo, acompañada por un doctor. Jack Hills había iniciado una carrera política. Así, nosotros cuatro habíamos quedado solos. Vanessa -al ver un mapa de Londres y comprender cuan aparte estábamos todos- decidió que dejáramos Kensington y empezáramos en Bloomsbury una vida nueva.