El viejo Bloomsbury y otros ensayos

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Así eran los personajes de los primeros libros: Lord Jim, Typhoon (Tifón), The Nigger of the "Narcissus" (El negro del "Narciso"), Youth (Juventud). Y esos libros, a pesar de los cambios y de las modas, sin duda están firmes en el lugar que tienen entre nuestros clásicos. Pero alcanzaron esa altura mediante cualidades que las simples historias de aventuras, en las narraciones de Marryat o de Fenimore Cooper, no pueden pretender que poseen. Porque está claro que para admirar y celebrar a tales hombres y a tales hechos románticamente, con todo el corazón y con el fervor de un amante, es necesario poseer una visión doble, estar a la vez en el interior y en el exterior. Para alabar su silencio es necesario poseer una voz. Para apreciar su reciedumbre es necesario ser sensible a la fatiga. Es necesaria la capacidad de vivir en términos iguales con los Whalleys y los Singleton y, sin embargo, ocultar de sus ojos suspicaces las cualidades mismas que nos permiten entenderlos. Sólo Conrad pudo vivir esa doble vida, ya que estaba compuesto de dos hombres; junto con el capitán marinero habitaba ese analista sutil, refinado y puntilloso llamado Marlow. "Un hombre de lo más discreto y comprensivo", dijo de él. Marlow era uno de esos observadores natos que son de lo más feliz en apartamiento. Nada le gustaba más que sentarse en una cubierta, en algún rincón oscuro del Támesis, a fumar y rememorar; a fumar y especular; a enviar palabras tras los bellos anillos de humo, hasta que la noche de verano en pleno quedaba un tanto anublada con el humo del tabaco. También Marlow tenía un respeto profundo por los hombres con quienes había navegado, pero sabía captarles el carácter. Oliscaba para describir de modo maestro a esas criaturas lívidas, que con fortuna hacen presa en los veteranos torpes. Tenía olfato para las deformidades humanas y su humor era sardónico. Además, Marlow no vivía del todo cobijado por el humo de sus puros. Tenía el hábito de abrir de pronto los ojos y mirar -un montón de desperdicios, un puerto, el mostrador de una tienda-, para entonces completar en su quemante anillo de luz esa cosa que de pronto brilla en el fondo misterioso. Introspectivo y analítico, Marlow estaba al tanto de esta peculiaridad. Decía que ese poder le llegaba de súbito. Por ejemplo, podía escuchar cómo un oficial francés murmuraba: "¡Mon Dieu, cómo pasa el tiempo!"


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