El viejo Bloomsbury y otros ensayos
El viejo Bloomsbury y otros ensayos En verdad que la credulidad humana es fantástica. Pueden existir buenas razones para creer en un rey o en un juez o en un alcalde. Cuando los vemos pasar barriendo el mundo vestidos con sus togas y sus pelucas, acompañados de heraldos y de voceros, las rodillas comienzan a temblamos y a fallarnos la mirada. Pero es imposible decir cuáles razones habrá para creer en los críticos. Carecen de pelucas o de voceros. Si se los ve de cuerpo presente, en nada se diferencian de otras personas. Pero basta que estos congéneres insignificantes se encierren en una habitación, mojen la pluma en tinta y usen el "nosotros" para que el resto los supongamos de alguna manera exaltados, inspirados, infalibles. Les brotan pelucas en las cabezas. Togas les cubren las piernas. Ningún milagro mayor llevó a cabo nunca la credulidad humana. Y, como la mayoría de los milagros, también éste ha tenido un efecto debilitador sobre la mente del creyente. Comienza éste a pensar que los críticos, por llamarse así, están siempre en lo cierto. Comienza a suponer que algo sucede realmente con un libro cuando se lo alaba o disminuye por escrito. Comienza a dudar y a ocultar sus propias aprehensiones sensibles y titubeantes cuando entran en conflicto con los decretos de los críticos.
