Entre actos
Entre actos Isa alzó la cabeza. Las palabras formaban dos aros, dos aros perfectos, que los hacían flotar, a ella y al señor Haines, como dos cisnes deslizándose río abajo. Pero el pecho de él, blanco como la nieve, estaba rodeado por una maraña de sucias lentejas de agua; también ella tenía membranas en los pies, amarrada por su marido, el corredor de Bolsa. Sentada en el sillón rinconero, con las oscuras trenzas colgando, balanceaba todo su cuerpo como un almohadón enfundado en aquel vestido desteñido.
La señora Haines era consciente de la emoción que los envolvía a los dos, excluyéndola a ella. Esperó, como quien espera que se apague el último acorde del órgano antes de salir de la iglesia. En el automóvil, camino de la casa de campo roja rodeada de trigales, destruiría aquella emoción como el tordo destruye las alas de la mariposa a picotazos. Después de dejar pasar diez segundos, la señora Haines se levantó, permaneció quieta unos instantes; y después, como si hubiera escuchado el último acorde, ofreció la mano a la esposa de Giles Oliver.
