Fin de viaje
Fin de viaje —De ningún modo, señorita Vinrace. ¿Qué es lo que quiere saber? En mi infancia hubo estudios, riñas entre hermanos, picardías, después aprendí a montar a caballo… en fin, ni más ni menos que las cosas propias de la juventud. Es un error creer que de pequeños éramos felices, casi aseguraría que se sufre más de pequeño que de hombre. ¿Por qué? Yo, particularmente, no me llevaba muy bien con mi padre —dijo con tristeza—. Tenía un carácter muy recto y sin duda por eso resultaba a veces duro. A los chiquillos se les quedan generalmente grabadas las injusticias. No dan importancia a cosas que para los mayores tienen mucha, y esto resulta imperdonable. Yo no dudo que era una criatura difícil de manejar. ¡Pero cuando pienso en lo que estaba dispuesto a dar! No hubo menos incomprensión en los mayores que faltas en mí. En el colegio de primera enseñanza me porté bastante bien. Después mi padre me envió a dos Universidades… ¿Comprende usted los recuerdos que han reverdecido con su pregunta, señorita Vinrace?… ¡Cuán pocas cosas positivas hay que contar en la vida! Estamos repletos de cosas interesantes, experiencias, ideas, emociones… pero ¿cómo comunicárnoslas? Lo que yo le he contado es, poco más o menos, lo que hubiera dicho el 99 por ciento.
—No lo crea, el interés de las cuestiones no reside tanto en ellas como en el modo de decirlas.