Fin de viaje
Fin de viaje El pabellón del Euphrosyne ondeaba pausadamente. Richard se quitó el sombrero. Clarissa, emocionada, apretó la mano de Rachel.
Los buques, uno en pos de otro, pasaron de largo hasta perderse de vista, produciendo un curioso efecto de disciplina y tristeza al propio tiempo. Nadie habló hasta que hubieron desaparecido.
Durante la comida, toda la conversación giró en derredor a la vida heroica de los almirantes ingleses. Clarissa recitó a un poeta y Willoughby a otro. Todos estaban de acuerdo en que la vida, a bordo de un buque de guerra, debía ser algo espléndido. Los marinos eran gentes amables y sencillas. En este ambiente cayó como una bomba la afirmación de Helen de que mantener a un marino venía a ser tan útil como cuidar fieras en el Zoo, aunque esto último era mucho más bonito y distraído. Por si esta afirmación no bastase, añadió que ya iba siendo hora de que dejara de ensalzarse tanto el heroísmo y la belleza de morir en un campo de batalla. El señor Pepper se unió a ella para decir, bastante groseramente por cierto, que estaba cansado de leer poesía cursi sobre aquel tema. Al propio tiempo Helen se extrañaba de ver a Rachel callada, pero con una expresión radiante que la cambiaba por completo.