Fin de viaje
Fin de viaje Al día siguiente, después de una noche de continuo bamboleo, parecían hojas arrastradas por el vendaval. No estaban mareados, pero sí aturdidos por tantos bandazos que les impedían subir a cubierta y les hacían chocar contra las paredes. Iban muy abrigados, especialmente Helen de la que solo era visible el óvalo del rostro, desapareciendo el resto entre un mar de pieles. Pasaban el tiempo en sus camarotes, más por comodidad que por otro motivo, resistiendo los bandazos lo mejor posible. Para ellos, el mundo se había convertido en una maraña de montañas grises que tan pronto les elevaban sobre su cima, como les sumergían en un valle amenazador. Fueron dos días interminables. A Rachel le pareció que se había convertido en un pequeño ser indefenso en medio de una llanura y bajo una tormenta de granizo; después se imaginó como un árbol sacudido continuamente por la salobre galerna del Atlántico.
Helen, que resistía bastante bien, fue dando bandazos por el pasillo hasta el camarote de Clarissa, pero era tal el estruendo de gemidos y crujidos de la nave que no recibió respuesta y optó por entrar. La encontró tendida en su litera, sin atreverse a abrir los ojos y la oyó murmurar.
—¿Eres tú, Dick?
Helen tuvo que gritar para hacerse entender.
—¿Cómo se encuentra?