Fin de viaje
Fin de viaje Entre las promesas que Helen había hecho a su sobrina, figuraba la de que tendría una habitación para ella, independiente del resto de la casa, un cuarto donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en cuartel y santuario a la vez. Helen sabía que a los 24 años estas cosas son necesarias y no se equivocaba. Cuando Rachel cerraba la puerta tras ella, creía pisar los umbrales de un mundo de ensueño. Unos días después de su huida de las ventanas del hotel, se encontraba sentada en un gran salón leyendo las obras de Enrik Ibsen. Sobre el atril del piano había papeles de música y éstos formaban montones en el suelo.
Los ojos de Rachel se concentraban con seriedad en las páginas y su respiración contenida, que la hacía vibrar, denotaba el esfuerzo de su inteligencia.
Cerró el libro con estrépito y respirando fuertemente se recostó como quien descansa a la vuelta de un viaje por un mundo imaginario.
