Fin de viaje
Fin de viaje La medicina que su tía le administró y en la cual tenía puesta toda su confianza era ésta. ¡Hablar! ¡Hablar! ¡Hablar! Que Rachel se acostumbrara a explayarse con ella y diera rienda suelta a sus preocupaciones en conversaciones al parecer impremeditadas. No le aconsejaba nunca hábitos de amabilidad forzada, como quizás otras hubieran hecho. Helen deseaba que Rachel hablara por sí sola, sin coacciones y no dependiera de nadie. Por eso le ofrecía libros sin animarla demasiado con Bach, Beethoven y Wagner. Pero cuando el señor Ambrose sugirió obras de Daniel Defoe, de Guy de Maupassant, o alguna dilatada crónica que reflejase la vida hogareña, Rachel eligió libros modernos, de cubiertas brillantes y llamativas, de los cuales sus tías hubiesen dicho pestes. Así entraron en Rachel los problemas de importancia de la vida. Helen no intervenía en sus lecturas y Rachel las saboreaba a su antojo. Cosas y palabras para ella desconocidas se infiltraban en su mente y las manejaba con la inseguridad de las cosas nuevas. Formaba conclusiones que variaban continuamente, según la marcha de la vida cotidiana, pero de todo aquello quedaba en su alma un poco de realidad. A Ibsen seguía una novela que Helen detestaba, pues el propósito del autor era echar la culpa de la caída de una mujer sobre los hombros del verdadero culpable. Conseguía su objeto al ver el interés con que la lectora absorbía su trama. Tiró el libro y siguió observando por la ventana. La mañana muy calurosa y el ejercicio de la lectura, concentrando tanto rato la atención, la cansaban. A su alrededor todo era grande, inmenso, impersonal. Tecleaba sobre el brazo de la butaca sin conciencia de sí misma. Se abismaba pensando en lo extraño de la existencia humana. Ella Rachel, sentada en la mañana… en medio del mundo… ¿Qué era la vida? Solo una luz acariciando la superficie de las cosas y desapareciendo. Era tan completo su decaimiento que le faltaban ánimos para moverse y permanecía abismada en sus pensamientos, sin conciencia exacta de nada. Oyó un golpe en la puerta y dijo maquinalmente: ¡Entre! La puerta se abrió con lentitud y en el marco apareció una señora alta con algo en la mano que tendía hacia ella.