Fin de viaje

Fin de viaje

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Algo alejado, contempló al grupo recogiendo los utensilios y pensó: «Sí, son amables… atentos, pero vulgares, espantosamente vulgares… ¡qué refinada crueldad usan los unos con los otros! La señora Thornbury, dulce y trivial en su materno egoísmo; la señora Elliot, en perpetuo descontento, y su esposo… ¡Bah! Uno más entre muchos. Susan, sin personalidad alguna; Venning, engreído, crudo y brutal, alardeando de infantil franqueza; Thornbury, un hombre autómata rutinario; Evelyn… bueno, a ésta cuanto menos se la conozca mejor». Ésa era, por lo menos, la opinión formada por Hewet. «Sin embargo, ésta es la gente que tiene dinero y los que manejan las riendas del Poder en el mundo. Si colocamos entre ellos alguien con inteligencia, energía y vitalidad, que ame la vida y la belleza… ¡qué agonía más triste le espera si quiere competir con ellos en lugar de coger un látigo y purificarlos a golpes!». Su revista mental se detuvo en Hirst, que, con el ceño fruncido, como era costumbre en él, pelaba un plátano: «Es más feo que el vicio y parece como si de su fealdad tuviéramos la culpa los demás». Llegó hasta él la risa argentina de Helen, que decía a la señorita Allan: «¿Y con ese calor usa usted combinación?». Helen le gustaba a Hewet una barbaridad y no solo por su belleza, sino por su sencillez, que la hacía destacarse sobre todos; al contemplarla, su ceño se suavizó. Después su vista recayó sobre Rachel, que, algo distanciada y apoyada sobre un codo, parecía meditar como él. Miraba el grupo con algo de tristeza. Hewet se acercó a ella de rodillas, sosteniendo en la mano un pedazo de pan.


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