Fin de viaje

Fin de viaje

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Por desgracia, así como la edad pone una barrera entre los seres humanos, la cultura y el ceño ponían también otra. Cuando Ambrose trabajaba se hallaba a mil millas de distancia del ser humano más próximo, que en este caso, e inevitablemente, era siempre Helen. Se sentaba durante horas y horas ante los libros abiertos, como un ídolo de una iglesia vacía. Estaba inmóvil, exceptuando el movimiento de su mano al volver una hoja y silencioso, exceptuando algún golpe de tos que le hacía separar la pipa de la boca. Conforme iba penetrando en la esencia de su lectura, iba rodeándose de libros y hojas manuscritas que se extendían por el suelo, formando a su alrededor una barrera infranqueable para el visitante que, generalmente, tenía que dirigirle la palabra desde el lado opuesto del parapeto.

Al día siguiente del baile, Rachel tuvo necesidad de llamar a su tío dos veces antes de que éste advirtiese su presencia. Al fin la miró por encima de los lentes.

—¿Y bien? —preguntó.

—Quisiera algún libro —dijo la joven—. ¿Podría dejarme la Historia del Imperio Romano, de Gibbon?

El gesto de su tío cambió y volvió a preguntar de nuevo, como si no hubiera entendido bien:

—Por favor, dilo otra vez.

Rachel se ruborizó al repetirlo.

—¿Y puede saberse por qué deseas leerlo?


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