Fin de viaje
Fin de viaje Hacía rato que Hewet y Rachel contemplaban desde el borde de los acantilados y en la profundidad de las aguas los peces gelatinosos. Volviendo la vista tierra adentro, contemplaban una vasta extensión de tierra muy distinta de la que habían podido ver siempre en Inglaterra. Allí, ante un lejano horizonte de suaves montes, tímidos pueblecitos y cuestas que casi no merecían el nombre de tales y un mar grisáceo con alguna débil columnita de humo. Aquí, el paisaje era de una grandiosidad arrolladora, tierras de un verdor exuberante o resecas por un sol implacable. Picachos por doquier que se esparcían hasta lo infinito como un encrespado oleaje de tierras. Tierra sin crepúsculos, dividida sencillamente en día y noche. Crisol de razas desde el blanco al negro de ébano. Volvieron a posar sus miradas en el mar. Éste aparecía con una transparencia y calma tales que parecía incapaz de enfurecerse. Como para dar un mentís a los que así opinan, el mar fue cobrando un extraño tono plomizo y súbitamente, sin que nada permitiera suponerlo, olas enormes vinieron a romper contra las rocas, deshaciéndose en cascadas de espuma. Aquél era el mismo mar en que desembocaba el Támesis, y el Támesis era el río que cruzaba la ciudad de Londres. Éstos eran sin duda los pensamientos de Hewet, pues exclamó tras un largo silencio:
—¡Desearía estar ya en Inglaterra!