Fin de viaje
Fin de viaje Hewet observó que el traje de hilo de Rachel, de un azul fuerte, moldeaba suavemente su cuerpo. Era un cuerpo joven, en plena formación. Se había quitado la pamela y apoyaba la cabeza en una mano. La emoción que le producía la visión de las aguas le mantenía los labios entreabiertos. Todo su rostro tenía una dulce expresión infantil como si esperase que alguno de aquellos peces fuese a subir por las rocas para verla. Su mano, tendida sobre el césped, revelaba nerviosidad, tenía los dedos afilados. Era mano de artista. Con una extraña angustia, Hewet se dio cuenta de que la muchacha le atraía poderosamente. Rachel levantó la cabeza y sus ojos se fijaron en él.
—¿Escribe usted novelas?
Hewet sentía un incontenible deseo de estrecharla entre sus brazos, pero se contentó en saber lo que decía.
—¡Ah sí!… bueno, pienso escribirlas —rectificó.
—¿Y por qué escribe usted novelas? Debería escribir música.
Algo inmaterial había cambiado en el rostro de Rachel. Al trabajar su cerebro disminuía su atractivo innato.