Fin de viaje

Fin de viaje

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—La música puede expresar todos sus sentimientos mejor que la literatura. En ésta hay mucho… —calló como si no encontrara la palabra deseada—. Esta tarde, leyendo a Gibbon, sentí un aburrimiento insoportable. —Soltó una carcajada limpia, cristalina, que Hewet coreó.

—¡Jamás le prestaré ningún libro!

—¿Por qué será que con usted me río del señor Hirst y no puedo hacer lo contrario? Durante el té me ha abrumado, no con su fealdad, que es mucha, sino con su inteligencia —y para mejor comprensión, movió el brazo en un ancho círculo como si quisiese expresar las dimensiones del cerebro de Hirst.

Le encantaba la facilidad con que podía hablar con Hewet. Entre ellos no habían esas incomprensiones que rompen la unidad de muchas amistades.

—Ya lo he notado —dijo Hewet, divertido, al ver a la muchacha hablar con tanta naturalidad. Recobró su aplomo y sintió un gran alivio—. El respeto que las mujeres, incluso las mujeres cultas, sienten hacia el hombre —continuó—, creo que obedece a una especie de dominio que nosotros poseemos sobre ellas semejante al que decimos poseer sobre los caballos. Se imaginan que somos tres veces más importantes de lo que somos realmente. Por este motivo siento mucho que con voto o sin él las mujeres consigan nada.

—El voto… el voto… —murmuró la muchacha.


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