Fin de viaje
Fin de viaje La estación estival estaba en todo su apogeo. Los barcos procedentes de Inglaterra dejaban siempre algunos turistas en Santa Marina, los cuales, invariablemente, iban al Hotel. El hogar de los Ambrose resultaba un remanso de paz, lejos de la monotonía del Hotel, no solo para Hirst y Hewet, sino también para los Elliot, Thornbury, Flushing, la señorita Allan, Evelyn y algunas otras con las cuales el conocimiento de los Ambrose era tan superficial que ni sus nombres retenían. Fueron generalizándose dos palabras: la Villa y el Hotel, que dividían la estancia en Santa Marina en dos formas de vida completamente distintas. Algunas veces una simple presentación conducía a una verdadera amistad. Una noche en que la luna bordaba sobre el suelo el encaje de las ramas. Evelyn contó a Helen toda su historia, ganándose con este rasgo su amistad sincera y perdurable. En otra ocasión un suspiro involuntario, una pausa o tal vez una palabra dicha sin intención ofensiva, fueron causa de que la pobre señora Elliot dejase la villa con los ojos arrasados de lágrimas, prometiéndose no volver a frecuentar la casa donde tan fríamente se la había insultado y, efectivamente, así murió aquella amistad. Hewet hubiese encontrado en la villa tema suficiente para componer varios capítulos de su obra Lo que se calla, y quienes más callaban eran Helen y Rachel. Helen advirtió en su sobrina cierta reserva, aunque no intencionada, y no quiso profundizar el secreto. Esto enfrió algo la ciega confianza que antes se demostraban. En lugar de confiarse sus impresiones y saltar de una idea a otra en franca y animada charla, limitábanse a comentar ligeramente sobre los visitantes.
