Fin de viaje

Fin de viaje

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Helen, siempre serena, fría y sin acalorarse nunca en sus juicios, iba volviéndose cada vez más pesimista. No juzgaba con severidad a las personas y sí al destino cuando deparaba a alguien una suerte que Helen creía injusta. Sostenía la teoría de que el destino de los seres estaba presidido por el caos más profundo, las cosas sucedían sin motivos ni causas justificados. Esta teoría era su favorita en las conversaciones con Rachel. Recibía, por ejemplo, una carta de sus hijos que rebosaba optimismo; pues bien, ella sostenía que en aquel mismo instante sus hijos podían estar aplastados bajo las ruedas de un camión. ¿No sucedía a otros tal desgracia? También podía sucederle a ella y su rostro tomaba una expresión de pena ante tamaña posibilidad. Estas opiniones, más o menos sinceras, eran alimentadas por las fluctuaciones del pensamiento de su sobrina. Ésta pasaba de un estado pletórico de gozo a una depresión de honda desesperanza. Naturalmente que este último estado debía conjugar mejor con el pesimismo de Helen. Quizás era solo una maniobra de Helen para descubrir el estado verdadero de la muchacha. Era difícil juzgarlo, porque unas veces ésta asentía a lo más trágico y fúnebre que dijese su tía, y otras, por el contrario, se negaba en absoluto a escucharla, acogía con carcajadas todos sus pesimismos y ridiculizaba con las más absurdas comparaciones todo lo que afirmaba su tía. Otras veces protestaba, diciendo:


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