Fin de viaje
Fin de viaje La señora Paley no la oía y tuvo que repetirlo por tercera vez. Cuando lo oyó, no lo comprendió. Iba a repetírselo por cuarta vez, cuando Rachel dijo de pronto algo inarticulado y desapareció corredor abajo. Aquello era demasiado para sus nervios. Iba a paso ligero, casi corriendo, en dirección contraria, y se encontró con un recodo donde había una mesa y una silla cerca de una ventana. En la mesa había un tintero viejo, un cenicero y un periódico francés. Rachel se sentó como si estudiara el diario francés, las lágrimas cayeron y formaron un pequeño borrón sobre éste. Levantó la cabeza con viveza y exclamó en alta voz: «¡Es intolerable!». Miraba por la ventana con los ojos bañados en lágrimas. Dio rienda suelta a la amargura que llevaba dentro durante todo el día. Todo había sido pésimo desde el principio al fin. Primero el servicio en la capilla, luego la comida, Evelyn seguidamente, la señorita Allan y por último la señora Paley interrumpiendo el corredor. Todo el día entero estuvo violenta y como si huyese de algo. Había llegado al punto culminante de la crisis nerviosa desde el cual el mundo se ve en sus propias proporciones. Todo le disgustaba inmensamente. Iglesias, políticos, incomprensiones y grandes impostores —hombres como el señor Dalloway, otros como el señor Bax, Evelyn y su charla, la señora Paley interceptando el corredor. Entre tanto el latido de su pulso daba prueba de todo lo que interiormente sentía. El zumbido, el esfuerzo, el disgusto. Se sentía el centro de toda la vida, el mundo parecía estallar en su interior, y era reprimido por el señor Bax luego por Evelyn y ahora por una imposición estúpida. El peso de todo el mundo gravitaba sobre ella. Así atormentada, se retorcía las manos nerviosamente. La abrumaban todas las conveniencias sociales, todo le resultaba insípido y estúpido. A través de sus lágrimas veía por la ventana un grupo de gente reunida en el jardín, los veía como masas inertes que se dejasen llevar de un lado a otro sin más objeto que el de interponerse a ella. ¿En qué se ocupaban todos aquellos seres? «Nadie lo sabía», se dijo a sí misma. La impetuosidad que sintió se iba aplacando y la visión del mundo antes tan viva se le aparecía ahora como velada. «Es un sueño», murmuró. Reparó en el viejo tintero, la pluma, el cenicero y el periódico francés. Estos pequeños objetos sin valor alguno le recordaron las vidas humanas. «Estamos dormidos y soñamos», se repetía. Pero la eventualidad de que alguno de los del grupo de abajo pudiera ser Terence la sacó de la apatía en que se había sumido. Se sintió tan inquieta como antes de sentarse. Era incapaz de ver al mundo como una ciudad expuesta a sus pies. Lo veía todo a través de una niebla empobrecida y rojiza. Tornaba la depresión que sintió todo el día, sin poder evitarla. El movimiento físico era su único alivio. Buscando, ni ella misma sabía qué, se levantó, empujó hacia atrás la mesa y se dirigió a las escaleras. Salió por la puerta del vestíbulo y volviendo la esquina del Hotel— se encontró entre la rente que viera desde arriba. Debido a la intensa claridad del sol, en contraste con la semioscuridad de los pasillos, el grupo se le apareció con sorprendente intensidad. Como si el polvo superficial hubiese sido borrado y queda descubierto tan solo la realidad del instante. Lo miraba como una visión que se destacase en una noche muy obscura. Figuras en blanco, gris y morado se esparcían por el césped sentadas en silloncitos de mimbre ante los pequeños veladores cargados con todos los utensilios del té. Todo se veía alegre y trivial, sirviéndoles de fondo un macizo y grandioso árbol que parecía envolverles y protegerles con sus numerosas ramas. Conforme se acercaba, oyó a Evelyn repitiendo monótonamente a un perrillo: «Eh, aquí, aquí, ven para acá, sé bueno». Todo estaba paralizado y advirtió que una de las personas era Helen Ambrose. El polvo volvía a tomar posesión de todo. El grupo se reunía del modo más natural. Una mesita de té se aproximaba a la otra y las sillas servían para enlazar los dos grupos. Aun a distancia podía verse que la señora Flushing, erguida e imperiosa, dominaba la reunión. Hablaba con vehemencia a Helen a través de la mesita.