Fin de viaje
Fin de viaje Durante un rato Rachel no habló, pero cada frase que Helen pronunciaba aumentaba su amargura. Por fin, sin poder contenerse, exclamó:
—Gracias a Dios que no soy como tú. Algunas veces me parece que ni piensas, ni sientes ni te importa nada más que existir, eres como el señor Hirst. Ves que están las cosas mal y parece que te gozas en demostrarlo. Tú le llamas a eso honradez, pero es pereza, sosería. ¡No estimulas, no ayudas, a todo le pones el punto final!
Helen contestó con una sonrisita irónica como si esperase el ataque:
—¿Bien? —inquirió.
—¡Qué te parece mal lo del viaje, eso es todo! —replicó Rachel.
—Muy probable —dijo Helen.
En cualquier otra ocasión Rachel hubiese guardado silencio ante la ingenuidad de su tía, pero aquella tarde su malhumor no la dejaba en paz y hasta veía con gusto una pelea en toda regla.
—Parece que solo vives a medias —continuó.
—¿Dices eso porque no acepto la invitación del señor Flushing? —preguntó Helen—. ¿O siempre te resulto lo mismo?