Fin de viaje
Fin de viaje El señor Flushing y la señora Ambrose ultimaron los detalles de la expedición, y ésta no les parecía peligrosa ni difícil. Encontraron que ni siquiera salía de lo corriente. Cada año por aquella época los ingleses formaban caravanas que se embarcaban remontando el curso del río, después descendían, daban un vistazo al pueblo indígena, compraban cierta cantidad de cosas a los indios y tornaban tan ufanos sin daño espiritual ni corporal. Cuando descubrieron que eran seis las personas que realmente deseaban formar parte, pronto se llevaron los trámites a feliz término. Desde el tiempo de la Reina Isabel muy poca gente había recorrido el río y nada había sucedido desde entonces que cambiase su apariencia. Desde aquella época el tiempo y los años cambiaron, no el curso del río que siguió como siempre, sino sus alrededores. Los pequeños arbustos se tornaron frondosos y grandes. Los árboles finos y endebles se hicieron grandes y corpulentos, con enormes troncos que encogían el alma en aquella soledad que imponía. Cambiando solo el giro del sol y la interposición de las nubes, los grandes campos de mullido verdor seguían allí siglo tras siglo. El agua del río había corrido invariablemente entre esta frondosidad, arrastrando consigo tierras y ramas. Entretanto en otros lugares del mundo una ciudad se elevaba sobre las ruinas de otra ciudad, y los hombres que la habitaban avanzaban en el camino de la civilización desconociéndose más cada día entre sí. Unos cuantos kilómetros de río les fueron visibles desde la altura de la montaña donde unas semanas antes hicieron su excursión. Susan y Arthur lo vieron al besarse. Terence y Rachel al sentarse hablando de Raymond. Evelyn y Perrot al pasearse con la quimera de figurarse ser grandes capitanes enviados a colonizar el mundo. Habían visto la lista azulada y ancha que atravesaba las arenas para desembocar en el mar. Las grandes masas de árboles cubrían su curso más arriba hasta esconderlo a la vista de todos en una frondosidad. A intervalos, en los primeros veinte kilómetros, se divisaban en sus orillas algunas casas. Gradualmente éstas desaparecían, siendo reemplazadas por algunas chozas. Más lejos ya no se divisaban casas ni chozas; solo árboles enormes y grandes hierbas. Aquellos lugares eran el «paraíso» de cazadores, exploradores, comerciantes que a pie o embarcados los cruzaban sin acampar.
