Fin de viaje
Fin de viaje La señora Flushing, con su fino instinto, intentó sacar en claro algo que suponía oculto. Se fijó en Terence con sus ojos de vivo azul y se dirigió a él.
Quería saber qué haría él si el barco se estrellara contra una roca y se iba a pique. ¿Le importaría algo fuera de salvar la vida?
—Hay sólo dos criaturas que la mujer normal quiere verdaderamente —continuó ella—. Su hijo y su perro; y no creo que los hombres lleguen a tanto. Se lee tanto de amor —por eso la poesía es tan aburrida—. ¿Pero qué pasa en la vida real, eh? No es el amor lo que cuenta.
Terence dijo algo entre dientes.
El señor Flushing, que fumaba un cigarrillo, contestó a su esposa:
—Debes recordar, Alice, que tu crianza fue poco natural, nada corriente. No tenía madre —explicó, perdiendo algo de la formalidad de su tono— y su padre era un hombre delicioso, no lo dudo, pero que sólo se ocupaba en caballos de carreras y estatuas griegas. Cuéntales lo del baño, Alice.