Fin de viaje

Fin de viaje

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—En las cuadras posteriores —dijo la señora Flush­ing—, cubiertas de hielo en invierno, teníamos que guarecernos, de lo contrario, nos azotaban. Los más fuer­tes vivimos, los otros murieron. Lo que se dice el sobre­vivir de los más fuertes. Era un plan excelente, no lo dudo, ¡sobre todo si usted tiene trece criaturas!

—¡Y todo esto ha pasado en el corazón de Inglaterra, en pleno siglo XIX! —exclamó el señor Flushing, volvién­dose hacia Helen.

—Yo trataría a mis hijos del mismo modo, si los tu­viera —dijo la señora Flushing.

Cada palabra sonó con claridad a los oídos de Teren­ce. Pero ¿qué decían? ¿de quién hablaban? ¿quiénes eran aquellos seres fantásticos hablando allá en lo alto?

Cuando terminaron de beber el té se levantaron, aco­dándose en la barandilla de cubierta. El sol se ponía, el agua se tornaba obscura y rojiza. El río se ensanchó de nuevo y pasaron junto a un islote que semejaba un pego­te obscuro en el centro de la corriente. Dos grandes pa­jarracos les miraron con curiosidad. La playa no presen­taba más señales que las huellas de sus patas. Las ramas de los árboles en la ribera eran más retorcidos y angu­losos. El verde de las hojas más vivo y salpicado de oro. Hirst, inclinado a proa, empezó a hablar.


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