Fin de viaje
Fin de viaje —Se siente uno muy extraño, ¿no les parece? Estos árboles se apoderan de los nervios. ¡Es todo tan absurdo! Dios todopoderoso, ¿qué persona normal hubiera conceÂbido un paraje tan salvaje como éste para llenarlo de monos y demás reptiles? Si viviese aquÃ, acabarÃa loco, loco de remate.
Terence intentó contestarle, pero la señora Ambrose se adelantó. Le dijo que mirase el conjunto de aquellas maÂsas, que contemplase el colorido maravilloso y la forma de los árboles. ParecÃa como si quisiese proteger a TeÂrence de la proximidad de los demás.
—Sà —dijo el señor Flushing—; a mi juicio, la ausenÂcia de la gente es lo que produce esta impresión. Debe admitir, Hirst, que aun una pequeña ciudad italiana vulÂgarizarÃa la escena entera. Gusta precisamente su inmenÂsidad, el sentido elemental de su grandeza.
Hizo un gesto con la mano hacia los árboles y una liÂgera pausa, mirando la gran masa verde que se envolÂvÃa en silencio.
—Reconozco que nos hace sentir insignificantes.