Fin de viaje
Fin de viaje El respirar fuerte de Terence, dormido cerca de ella, la aseguraba en su paz. No sentía sueño a pesar de distinguirlo todo a través de una neblina y de ver a las personas pasar confusamente. Creyó que todos sabían perfectamente hacia donde caminaban, y el sentido de esta certeza la colmaba de consuelo. Se sentía tan apartada y desinteresada como si ya no tuviese misión alguna en la forma en que se presentase. ¿Qué había para asustar y perturbar en el aspecto de la vida? ¿Por qué tenía que abandonarla nunca aquella visión interior? El mundo era tan grande, tan hospitalario, y en fin de cuentas tan sencillo. ¡Amor! John había dicho «que la palabra lo explicaba todo». Sí, pero no era el amor del hombre por la mujer, de Terence por Rachel. A pesar de estar sentados tan unidos, cesaron de luchar y desearse mutuamente. Parecía ser amor, pero ya no era solo el sentimiento del hombre por la compañera. Fijó sus ojos medio entornados en Terence, recostado en una butaca. Sonreía al notar lo grande que tenía la boca, y pequeña la barbilla, la nariz ligeramente curvada y más gruesa la punta. Mirándolo en aquella forma se le veía perezoso, ambicioso y lleno de defectos. Recordaba sus pequeñas riñas y discusiones, en particular cómo se pelearon por Helen aquella misma tarde, y pensó cuantas veces más reñirían en los treinta, cuarenta o cincuenta años, durante los cuales vivirían en la misma casa unidos. Pero todo aquello era superficial y no tenía nada que ver con la vida que era más honda, que estaba oculta a los ojos, por ser la vida del alma.