Fin de viaje
Fin de viaje La tarde era muy calurosa, tanto que el romper de las olas sobre la playa sonaba como el gemido repetido de una criatura exhausta. En la terraza, bajo el toldo, los ladrillos ardían y el aire se mecía en el césped y las hierbas cortas. Las flores granas de las fuentes de piedra caían mustias y marchitas, las flores blancas que hacía unas semanas estaban frescas y lozanas aparecían ahora con las puntas rizadas y amarillentas. Solo las hostiles plantas del Sur, cuyas carnosas hojas parecían brotar de las espinas, se mantenían erectas, como si desafiaran los rayos del sol. Hacía demasiado calor para hablar, y no era fácil dar con un libro que combatiera el poder del sol.
Terence leía en voz alta a Milton, porque decía que las palabras de este autor tenían substancia y forma, lo cual excusaba de comprenderle, solo con escucharle bastaba; casi se podía palpar.
«Hay una gentil ninfa no lejos de aquí», leía:
«Sobrina era su nombre, el de una virgen pura, que de Socrino hija en otro tiempo fuera quien de su padre, Bruto, el cetro había obtenido».