Fin de viaje
Fin de viaje Al cabo de un considerable número de experimentos, quiso salir de una vez de toda duda. Se tiró de la cama y quedó en pie, agarrándose a la bola dorada al pie del lecho. Ésta, fría como el hielo al principio, pronto se puso tan caliente como la palma de su mano y como las punzadas de la cabeza y el cuerpo unido a la inestabilidad del suelo, le probaron que era mucho más intolerable estar de pie y andar, que estar echada, volvió a meterse en la cama. A pesar del alivio momentáneo, la incomodidad de la cama fue pronto tan grande como lo había sido el ponerse en pie. Aceptó la idea de tener que pasarse todo el día acostada, y al echar otra vez la cabeza en la almohada, desistió de la felicidad de aquel día.
Cuando Helen entró, al cabo de unas dos horas, se cortaron de repente sus palabras animadoras. Por un segundo quedó sorprendida. No había duda de que Rachel estaba enferma. Toda la casa se enteró de ello, cuando el canto, que se oía en el jardín calló de repente, y María, al traerle el agua, pasó al lado de la cama bajando los ojos. Había que pasar toda la mañana y la tarde. A intervalos hacía un esfuerzo para volver al mundo, pero encontraba que el calor y la incomodidad habían abierto una brecha entre su mundo y el otro y que ya no era posible trasponerla.