Flush

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CAPÍTULO III EL ENCAPUCHADO

Una educación como ésta, recibida en el dormitorio trasero de Wimpole Street, hubiera producido su efecto en cualquier perro. Pero Flush no era un perro cualquiera: animoso y, al mismo tiempo, reflexivo; canino, sí, pero a la vez extremadamente sensible a las emociones humanas. En un perro semejante tenía que actuar con poder especialísimo la influencia del dormitorio. Naturalmente, a fuerza de recostar la cabeza sobre un diccionario griego, llegó a hacérsele desagradable ladrar y morder; acabó prefiriendo el silencio del gato a la exuberancia del perro; y, por encima de todo, la simpatía humana. Además, miss Barrett hizo cuanto pudo por refinar y educar aún más las facultades de Flush. Una vez cogió el arpa que se apoyaba en la ventana y le preguntó, poniéndosela al lado, si creía que aquel instrumento —del cual salían sonidos musicales— era un ser vivo. Flush miró, escuchó, pareció dudar unos instantes y luego decidió que no lo era. Entonces lo cogía en brazos y, colocándose con él ante el espejo, le preguntaba: ¿No era aquel perrito castaño de enfrente él mismo? Pero ¿qué es eso de «uno mismo»? ¿Lo que ve la gente? ¿Lo que uno es? Flush reflexionó también sobre esto, e, incapaz de resolver el problema de la realidad, se estrechó más contra miss Barrett y la besó «expresivamente». Aquello, por lo menos, sí que era real.


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