Horas en una biblioteca

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THOREAU

Hoy hace cien años, el 12 de julio de 1817, nació Henry David Thoreau, el hijo de un fabricante de lápices de Concord, estado de Massachusetts. Ha tenido suerte con sus biógrafos, a quienes les ha atraído no sólo su fama, sino la simpatía que despiertan sus puntos de vista, aun cuando no hayan sabido contarnos gran cosa acerca de él, al margen de lo que podemos encontrar en sus libros. No abundaron en su vida los acontecimientos; como él mismo dice, tenía «verdadero genio para no moverse de casa». Su madre era una mujer de temperamento vivo, voluble, y tan amiga de dar paseos en solitario que uno de sus hijos a punto estuvo de venir al mundo en un sembrado. El padre, por otra parte, era un «hombre menudo, tranquilo, lento pero empeñoso», capaz de fabricar los mejores lápices con mina de grafito que se hacían en Estados Unidos, gracias a una fórmula secreta que él mismo había ideado, consistente en mezclar plombagina molida finísimamente con tierra de batán y agua, mezcla a la cual daba forma de láminas, que luego cortaba en franjas finas y quemaba. Fuera como fuese, sin hacer demasiadas economías y con poca ayuda externa pudo enviar a su hijo a estudiar en Harvard, aun cuando Thoreau nunca dio una importancia excesiva a esta oportunidad que no estaba al alcance de cualquiera. Es de todos modos en Harvard donde por vez primera se nos hace visible. Un compañero de clase supo ver en él, de muchacho, lo que más adelante reconocemos en el hombre adulto, de modo que en vez de un retrato citaremos lo que era ya visible en el año 1837, al menos a ojos del sagaz reverendo John Weiss:


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