Horas en una biblioteca
Horas en una biblioteca En algún confín del horizonte mental, cuya existencia todavía no es reconocible, flotan en compañía Taipi y Omoo junto con el nombre de Herman Melville. Pero como Herman Melville probablemente se convierte en Whyte Melville o en Herman Merivale, y Omoo por razones menos evidentes se relacione con las aventuras imaginarias de un explorador que probablemente se haga al tiempo jinete profesional y luego desempeñe un papel en el drama de La cabaña del Tío Tom, es evidente que una bruma debida a la ignorancia, o al paso del tiempo, ha tenido que descender desde tan remotas regiones. No tenemos reparo en admitir la ignorancia; el paso del tiempo, como el primero de agosto se celebró el centenario del nacimiento de Melville, es innegable. Pero esta neblina vagarosa tal vez se deba más bien a una semilla que cayó hace muchos años de los propios libros. ¿No hablaba alguien a propósito de los mares del Sur? Taipi, dijo, era a su juicio el mejor relato que nunca se hubiera escrito acerca de… lo que fuera. La memoria ha suprimido la mitad de la frase; tal como suele, la memoria ha trazado una gran raya azul y una playa de arenas claras. Rompen las olas; hay una constante franja de espuma disuelta. No se sabe cómo describirlo, pero se tiene simultáneamente la sensación de que hay palmeras, ramas amarillas y corales bajo el agua límpida. Este erróneo esbozo que la memoria pinta a gruesas pinceladas ha tenido corrección gracias a Stevenson, Gauguin, Rupert Brooke y muchos otros. Sin embargo, en ciertos aspectos de peso, Herman Melville con su Taipi y su Omoo, con su inexcusable aire de la década de 1840, ha realizado esta labor mejor que los artistas más sofisticados de nuestra época.
